En la historia, el sexo —y los «elementos» que lo componen o lo rodean— ha sido un tema tabú en muchas culturas. Y así como el hombre tuvo que cubrirse las «vergüenzas» con ropa, en el lenguaje también se hizo necesario crear otras palabras para encubrir a aquellas que denominan de manera directa a sus más asiduos referentes: el pene y la vagina. A estas expresiones hechas para «no nombrar» se les conoce como eufemismos —del latín euphemismus, y del griego eu, ‘bien’, y fème, ‘hablar, decir’, «el buen decir».

Eufemismos y disfemismos

Los eufemismos son términos o expresiones que se utilizan para sutilizar —o, en sentido estricto, sustituir— a otras que, según el contexto, pueden resultar fuertes u ofensivas; el eufemismo es definido por la rae como una «manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante». Por ejemplo, cuando decimos «hacer el amor» en lugar de «coger», u obligamos a los niños a llamar «partecita» o «colita» a sus órganos sexuales, estamos haciendo uso de ellos.
Ahora bien, los eufemismos, con el uso y con el paso del tiempo, van contaminándose con los valores negativos de las palabras que sustituyen y poco a poco van transformándose
a su vez en palabras tabú, por lo que en cierto momento son sustituidas por otras nuevas. Lo que da pie a los disfemismos, hijos de «el mal decir», cuya intención es hacer que una palabra sea malsonante, escandalosa y hasta ofensiva.
Tanto los eufemismos como los disfemismos guardan relación con el tabú lingüístico, es decir, con aquello que se censura en el lenguaje, partiendo del hecho de que las palabras son en buena medida un acto público: palabras que no se pueden mencionar porque o atraen fuerzas negativas que ofenden a la divinidad, a nuestros semejantes, o bien, porque son consideradas «sucias» o de «mal gusto». Y porque también a veces parece que para los hablantes las palabras no son los nombres de las cosas sino las cosas en sí mismas.
Teniendo en consideración lo anterior, aquí le anotamos una lista en la cual se enumeran tan sólo algunos ejemplos —la mayoría disfemismos— que son producto de la imaginación, la picardía, la desfachatez… o el ingenio de los hablantes; que en diferentes países de habla hispana son usados de forma coloquial para nombrar, sin nombrar, o llamar de una manera juguetona, pícara y «sucia», lo innombrable: a la palomita y al pajarito, o, si usted lo prefiere, sin más rodeos, a lo que simplemente puede ser llamado por su nombre: al pene o a la vagina.
¿Cómo se le llama «la cosita» de las mujeres y a la de los hombres en México y en otros países? Descúbrelo en Algarabía 105: especial de sexo.

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