«¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla más pura la luna brilla y se respira mejor?», este verso de Don Juan Tenorio es uno de los más reconocidos en la literatura. Te invitamos a conocer más sobre el autor de esta obra, José Zorrilla.

La ruta bohemia del poeta

En aquellos años, a principios del siglo xix, el romanticismo en España aparecía no sólo como un estilo artístico, sino más como un sentimiento condicionado por el auge de la burguesía y el dominio de la aristocracia que llevaba consigo una ideología nacionalista, muy personal, orientada a los valores que se buscaban en el pasado y que contrastaba con el liberalismo europeo que iba tras la vanguardia del progreso.

José Zorrilla y Moral nació en Valladolid, España, el 21 de febrero de 1817 dentro de una familia absolutista, bien acomodada y protegida por el duque Calomarde. Su padre era un hombre de rígidos principios, superintendente de policía, y su madre, una mujer piadosa y resignada. Tras pocos años en dicha provincia, Zorrilla viajó con su familia a Burgos, a Sevilla, y cuando cumplió seis años de edad se establecieron en Madrid para que él viviera y estudiara dentro del Real Seminario de Nobles que era regentado por jesuitas.
Durante sus primeros años en la escuela, José Zorrilla comenzó a leer los textos de los escritores románticos que estaban en boga: Chateaubriand, Walter Scott, Cooper… todos ellos lo encaminaron a escribir sus primeros versos. Luego de la guerra carlista entre liberales y absolutistas, José tuvo que marcharse a la ciudad de Toledo para estudiar Leyes y así cumplir el deseo de su padre. No obstante, esta carrera no le gustaba y dedicaba su tiempo a la lectura de sus poetas favoritos. En 1835, después de que no pudo acreditar sus estudios, decidió viajar a Madrid para convertirse en poeta.

Fecunda vida entre las letras

Zorrilla pasaba los días con privaciones, apenas sostenía su economía con algunas ilustraciones que realizaba para un periódico; sus días transcurrían leyendo de forma incansable en la Biblioteca Nacional, y sus noches en un viejo desván de un compadecido cestero. En los primeros meses de 1837, el joven y prestigioso literato Mariano José Larra se suicidó y Zorrilla fue encargado para dedicarle unos versos que leyó frente a su féretro, mientras artistas y escritores madrileños despedían a Larra y escuchaban el tributo del poeta naciente.
A partir de aquél hecho Zorrilla consiguió popularidad entre sus contemporáneos, fue muy festejado por su composición honorífica, y varias oportunidades en periodicos locales se le presentaron para que impulsara su carrera literaria. Zorrilla vio publicada una extensa serie de sus poemas en el periódico El Español, y también fueron numerosas las leyendas en las que resucitaba la etapa medieval y renacentista de España, como El capitán Montoya, Margarita la Tornera, entre otras. Su carrera fue bastante prolífica, pues también incursionó en el teatro con la creación de obras de temas tradicionales —como El zapatero y el rey o Don Juan Tenorio—, o tragedias que escribió de manera clásica como Sofronia en 1843.

En 1846 viajó a París y ahí conoció a varios de los autores que más admiraba, como Alejandro Dumas, Teófilo Gautier y Alfred de Musset, quienes le brindaron lecciones invaluables de escritura para sus futuras publicaciones. Años más tarde, en 1855, llegó a México, en donde fue protegido por el entonces emperador Maximiliano y nombrado director del Teatro Nacional.
Diez años después, en su regreso a España, Zorrilla contrajo matrimonio con la actriz Juana Pacheco y continuó escribiendo hasta 1893 con ese estilo único que no varió en sus temáticas, por lo cual la belleza de sus versos se fueron perdiendo en la anacronía del ambiente, mas consiguió establecer un sello distintivo dentro del romanticismo que influiría a las generaciones venideras de literatos.

Fragmento del poema «A una mujer», de José Zorrilla:

Ayer el alba amarilla,
Al anunciar la mañana,
Pintaba de tu ventana
El transparente cristal;
Ayer la flotante brisa
Daba a la atmósfera olores,
Meciendo las gayas flores
Sobre el tallo desigual.
Ayer, al rumor tranquilo
De la corriente vecina,
En la orilla cristalina
Se bañaba el ruiseñor;
Y pájaros, flores, fuentes,
Saludando al nuevo día,
Le prestaban armonía
En cambio de su color.
Ayer era el sol brillante,
El cielo azul y sereno,
El jardín fresco y ameno,
Y delicioso el vivir;
Eras tú niña y hermosa,
Sin rubor sobre la frente,
Tu velar era inocente,
Inocente tu dormir.

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