En tiempos de mi abuelita nadie en casa decía groserías, si mi papá se atrevía a decir algo más que ¡chin…!, se le conminaba a salir de la habitación y lavarse la boca con jabón. Sólo mi abuelita tenía la prerrogativa de decir una palabra —para ese sagrado hogar— altisonante, y ésta era en sí un eufemismo.

Si mi tía llegaba a contar que el carnicero le había vendido retazos pellejudos como carne de primera, la abuela exclamaba: «¡Ah, móndrigo!». Y todos sabíamos que el carnicero era un hombre vil.

Hoy en día, acostumbrados a soltar palabrotas
 a la mínima provocación sin cuidarnos de quién 
las escuche, ya sean inocentes pequeñuelos, venerables ancianos o mujeres —«con el
 perdón de la damita aquí presente, voy a decir
 una mala palabra…»—, el vocablo móndrigo resulta anacrónico, pero no por ello pierde fuerza, tanto por la composición de sus letras, como por su significado.

Un móndrigo es un sujeto despreciable, infame,
inútil, apocado, de escaso o ningún valor, un
 mandria; en resumen, una persona mala y vil.

Y ésta
 es la síntesis de varios diccionarios: el de la Real Academia Española y los de mexicanismos de Guido Gómez de Silva y la Academia Mexicana de la Lengua. Los libros no nos hablan del origen de la palabra, pero sí nos permiten adivinar no sólo que es de pura creación mexicana, sino que es la deformación, a modo de eufemismo, de la palabra méndigo —que no mendigo—, la cual refiere también a un mezquino e infame.

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Así pues, si alguna vez desea soltar una «palabrota» en presencia de oídos castos no acostumbrados a las groserías, pronuncie con voz firme: «¡Móndrigo!».

 

 

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