La religión es una costumbre heredada, un mal de muchos, consuelo de tontos, una creencia obsoleta; el opio de los pueblos, según Marx: La consagración de la espiritualidad según San Juan de la Cruz; un lugar dónde refugiarnos como el pozo de Chand Baori, de acuerdo con los hindúes; una filosofía, un método de entrenamiento espiritual y un sistema psicológico, conforme al pensamiento budista, o bien una manera de conectar el arte con lo místico como lo hacía William Blake, el oscuro artista irlandés de acuerdo con Chesterton.
Es también la religión un sistema de creencias que no es casual, sino que de acuerdo con los estudios más recientes tiene su origen en algunas zonas del cerebro que buscan causas y explicaciones. Pero además es un conjunto de supersticiones acendradas como las que la abuela de Guillermo del Toro le inculcó y que le permitieron imaginarse cosas tan monstruosas como Cronos, el Fauno y el Espinazo del Diablo.
La religión parece no servir para nada más que para asirnos a ideas ancentrales y dogmas caducos como el que la tierra es plana; o que un ser puede se humano y divino a la vez, o que Dios castiga sin palo ni cuarta, o que Alá es Alá y Mahoma su profeta, o confiar en que un escapulario nos librará de todo mal o, más aún, que el celibato nos hace mejores personas —que véasele por donde se vea es imposible—.
Sin embargo sí sirve, si funciona y funciona bien. Ya muchos estudios han probado que, por ejemplo las personas que van a misa, son más felices, tienen mejor calidad de vida, son más ordenadas, se enferman menos y viven más. Así que nadie nos vendría mal tener una epifanía y empezar a creer en Dios o en algo, en la fuerza cósmica, en los hoyos negros, en Stan Lee, o como yo, que creo que lo mejor es ponerse a leer esta Algarbía.
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