Soy de la generación del México de mediados de los 60, de aquella ciudad de grandes autos que semejaban lanchas, de familias numerosas y padres que nos acompañaban en la comida; de abuelas que bordaban y abuelos que hablaban de épocas pasadas y que iban al Centro a comprarlo todo, porque había cosas que únicamente podían encontrarse ahí.
Era de los que, al terminar la tarea y en vacaciones, podía vagar libremente en la calle hasta el anochecer, haciendo una que otra pausa para refrescarme tomando agua directamente de la llave y, si era necesario, de la manguera más cercana.
Mis vecinos de Coyoacán y yo no cargábamos llaves; abríamos nuestras casas con ganchitos, por abajo, sin ningún reparo. La palabra ladrón no nos infundía temor, ni conocíamos el significado de miedo. Y no es que no hubiera delincuentes; sí existían, pero parecían vivir en otra ciudad.

Desde muy temprana edad, ya mi padre me hablaba del movimiento estudiantil, de cómo se había salvado al tener otro compromiso el 2 de octubre de 1968; del Halconazo, 1 El 10 de junio de 1971 un grupo paramilitar, Los Halcones, mató —en Av. de los Maestros y sus alrededores— a un grupo de estudiantes que pretendían manifestarse a favor de la democratización de la enseñanza; nadie se hizo responsable de estos hechos. ahí por la Normal, de donde era egresado. Yo no entendía bien a bien de qué se trataban estos hechos, pero sabía que tenían que ver con ser joven y luchar por un ideal.
Al mismo tiempo que se daban estos cambios en la manera de pensar de la sociedad en la que crecí, me tocó presenciar muy de cerca las transformaciones de mi ciudad: el Metro había llegado a un par de cuadras de mi casa y, junto con él, las hordas de gente desplazándose de un lugar a otro en cuestión de minutos.
Mi ciudad poco a poco se iba modificando; muchas casas daban paso a edificios y establecimientos comerciales. Junto a cada estación del metro, y en cada nueva parada del camión, brotaban puestecillos variados trayendo nuevos rostros a nuestro entorno. La vida de barrio como la conocíamos se extinguía rápida e inexorablemente.

En la escuela, los libros de historia glorificaban nuestro rico pasado sin ocuparse de las nuevas generaciones que veían alterado su entorno para destruir lo edificado y construir grandes avenidas, ejes viales o circuitos en aras de un mal entendido progreso que giraba en torno al uso del automóvil y la importancia de radicar en la capital como centro del universo. Así se transformaron las zonas residenciales de Tacuba, Tacubaya, Azcapotzalco y muchas más.
Por décadas, hemos convivido junto a obras públicas, maquinaria y desviaciones. Constantemente vemos modificarse nuestra ciudad al punto de no darnos cuenta. Ya no nos preguntamos qué había en aquel lugar, quién habitó ahí, si era histórico o no.

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