Las peripecias a las que experimentamos las mujeres para tender nuestra menstruación son incontables y cada una tiene su versión de los trágicos accidentes y los malabares para evitarlos, ¿Quién iba a pensar que todo esto se arregla con un objeto pequeñito? La copa menstrual.

Desde que me llegó la pubertad, hay algo que me conecta una y otra vez con la vida, la historia femenina y la creación artística, me digo. Desgraciadamente, mi principal conexión con esa experiencia, durante muchos años, fue recordar incesantemente dos famosas escenas de Carrie: cuando a ella le ocurre descubrirse sangrando por primera vez, aterrorizada, y sus compañeras la acosan lanzándole toallas femeninas… Y, por supuesto, la escena que todos recordamos al pensar en esta película: una joven bañada en sangre. 

Una de las partes más curiosas de ya no ser joven sino de espíritu es justo haber vivido la adolescencia en una época en la que estábamos saliendo de una serie de prejuicios que duraron cientos de años vigentes: esa idea de que la sangre menstrual era impura; de que teníamos que mantener todo este tema escondido, que nunca nadie se enterara de que «eso» nos pasaba. También había que acostumbrarse a usar toallas sanitarias, que además eran grandes y estorbosas, nada discretas; los tampones ya existían, pero al menos mis tías decían que solo eran «para señoras casadas» y «para nadar». Un horror.  

Brindis por la copa menstrual 

En los casi 30 años que tenemos menstruando mi cuerpo y yo —lo cual indica que nos quedan poquísimos años de hechos sangrientos—, han cambiado muchísimas cosas en este terreno, ¡viva la modernidad! Primero, la «protección femenina» fue volviéndose cada vez más anatómica, luego más delgada; en algún momento me salté los prejuicios y descubrí lo cómodos y prácticos que resultaban los tampones… Y, hace unos diez años, lo que me pareció el mejor ejemplo de «lo avanzada que está la ciencia»: ¡la bendita copa menstrual! 

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Admito que empecé a escribir esto porque ya llevaba un rato preguntándome quién había tenido la excelente idea de, en vez de estar usando productos que acababan en la basura y que generan un costo mensual bastante notorio si lo sumas a lo largo del tiempo,1 tuvieras un objeto portátil, pequeño, seguro, reutilizable, fácil de desinfectar, que dura hasta 10 años y que te permite muchas horas de autonomía. «¡Quiero invitarle un trago a esa persona!», me dije, aunque tampoco creía viajar al extranjero para hacerlo. 

Para mi sorpresa, las copas menstruales son mucho menos «mothernas» de lo que pensaba… 

Tan antigua y tan novedosa 

La primera patente para un dispositivo, antecesor de la copa menstrual, que recogía la sangre menstrual sin absorberla está registrada en 1903, a nombre de Mildred Coke y Lee Mallalieu. El receptáculo en cuestión tenía una «canica» que probablemente servía para que el líquido no se derramara una vez que estaba llena; y la idea era que se fabricara de «cualquier material ligero, flexible y a prueba de agua».  

Aunque ya se podía uno imaginar que existía la posibilidad de fabricarlo con hule, pues Goodyear había logrado estabilizarla a través de la vulcanización para esa época —en 1860 ya se fabricaban condones de goma a escala industrial, por ejemplo—, hay que considerar las percepciones específicas al respecto de la sexualidad femenina de finales del siglo XIX y los primeros años del XX. Es muy poco probable que ese diseño —y algunos otros posteriores, sorprendentemente rígidos, como el de aluminio propuesto en 1914 por John Jorgenson— se distribuyera con suficiente amplitud y éxito.  

La persona a la cual se le acredita más frecuentemente el invento de la copa menstrual tal como la conocemos es a Leona Chalmers, que obtuvo una patente en 1937 por un diseño ya bastante similar a las copas que conocemos actualmente. Entre su patente y la de Coke hay al menos otros tres dispositivos que nos hacen saber que ya había otras personas considerando la posibilidad: 

1914: John Jorgenson y su patente para un receptáculo de descarga, hecho de metal que no se corroa ni se oxide. Creo que no hay que explicar mucho por qué esta opción no es muy amigable. 

1917: Lester Norquist obtiene una patente por un recipiente o saco catamenial de «cualquier material adecuado» que recogería la sangre menstrual en una esponja colocada dentro del mismo, sin necesidad de usar soportes externos. Sí, recordemos que, antes de la invención de las toallas autoadherentes, había cinturones y arneses para mantenerlas en su lugar.  

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1932: Lester J. Goddard obtiene una patente en la que ya menciona las razones por las que habría que usar un material como «goma suave», presenta el primer gráfico sobre cómo tendría que doblarse para poder introducirla, habla de la importancia de esterilizarla y propone que esté disponible en varias «tallas». 

1935: Arthur Hagedorn es reconocido como el creador de un receptáculo flexible para descargas menstruales, que cuenta con un diseño que permite tener una mejora en el «aireamiento» del dispositivo, para «equilibrar la presión de aire dentro y fuera de la vagina»; una forma muy complicada y científica de decir que permite que la sensación de «succión» o vacío al insertarla sea menor —en realidad, no es una gran molestia—. Dentro del documento de la patente se reconoce que trabajaron usando como base el diseño de Goddard; hay patentes modernas que también hacen referencia a este modelo, y al parecer fue comercializada, en algún momento, con el nombre de Daintette.2 

1937: Leona Chalmers, la «dama de copas», recibe el registro de una copa que visualmente ya es muy similar a las que conocemos actualmente. Propone que sea fabricada con goma vulcanizada, para que sea más flexible, y enfatiza los canales que la rodean horizontalmente al exterior como una manera de mantenerse adaptada al contorno de la vagina sin importar el movimiento de quien la use. Lo más fascinante de su documento de patente es que, al revisarlo, resulta muy claro darse cuenta de que fue redactada con base en la experiencia personal: describe el «equilibrio de presión de aire» como «minimizar el snap» —una descripción sorprendentemente precisa. 

Del dicho al hecho… 

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Plásticos y más plásticos 

Serían necesarias un par de cosas más para que ocurrieran una serie de cambios en los materiales que ayudaron a que este invento se consolidara:  

Prejuicios malacopa 

Es interesante cómo el uso de la copa menstrual, que tiene una cantidad enorme de ventajas —ya mencionábamos que es reutilizable hasta por 10 años, además de cómodo y flexible, que requiere vaciarse cada 8-12 horas y se puede esterilizar fácilmente al hervirlo—, todavía es muy reducido. Como siempre, hay que considerar los factores que tienen que ver con las creencias y prejuicios de la gente para saber de dónde viene su resistencia al cambio. 

Usemos como base otro invento en la misma categoría: los primeros tampones fueron comercializados en 1936, pero su éxito comercial todavía tardó otros 30 años, y aún a principios de los años 90 del siglo pasado, mis tías —y otras mujeres como ellas— seguían teniendo muchas barreras para usarlos, ya ni siquiera digamos para recomendárselos a sus hijas o sobrinas que estaban empezando a menstruar. 

La causa es rápida de plantear, pero compleja de solucionar: hablar de sangre menstrual, de vaginas y, en general, de cualquier tema relacionado con la fisiología sexual y reproductiva de las mujeres seguía siendo tabú hasta hace relativamente poco en países como el nuestro. Las adolescentes de la década de 1990 teníamos muchas menos fuentes de información confiables y abiertas al respecto de cómo manejar nuestros procesos fisiológicos, nuestra salud reproductiva y, por supuesto, mientras más conservador fuera nuestro entorno, más difícil resultaba desarrollar comodidad, consciencia y autonomía con respecto a temas sexuales y reproductivos. 

Desgraciadamente, esto hace que haya todavía una generación de mujeres que siguen teniendo, en el fondo de sus cabezas, la idea de que la sangre menstrual es «asquerosa» o que introducir cualquier tipo de cosa en la vagina —aunque sea un producto o dispositivo de higiene menstrual— es «desagradable», «peligroso», «antihigiénico» o, peor aún, «sexual» —y, por lo tanto, «malo».  

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Derribar el tabú con mujeres más abiertas a estar en contacto con su cuerpo y más cómodas con su propia sexualidad ha permitido que, por fin, 83 años después de la patente de la señora Chalmers, haya más usuarias… Sin embargo, lograr un cambio cultural más amplio lleva tiempo. Confío en que, así como mi sobrina la mayor y las hijas de mis amigas ya nos platican con soltura sobre su menstruación, los síntomas que las hacen sentir molestas, sus dudas y aprendizajes sobre salud reproductiva, también vayan creciendo los espacios para que estos inventos modernísimos, de inicios del siglo pasado, sigan transformando nuestra relación con el cuerpo… Y con nuestra propia menstruación: la copa menstrual nos aleja de Carrie a pasos agigantados. 

Sara Carmona Contreras es comunicóloga, aunque tiene mucho tiempo ejerciendo como ama de casa de tiempo completo. Dedicarse a ello no le quitó lo feminista y la ha capacitado para ser la tía ruidosa que (mal)aconseja a sus sobrinas con lo que respecta a sus relaciones, salud y derechos. 

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