También de manera contraria a los pandas y de acuerdo con las cifras más recientes de la unicef, los adolescentes no están en peligro de extinción, pues aunque su porcentaje alcanzó su máximo en los años 80 —20% de la población mundial—, actualmente hay cerca de 1 200 millones de ellos —que equivale a 18%. Nueve de cada diez adolescentes viven en un país en desarrollo y más de la mitad se encuentran en Asia —¡como los pandas!
Un vistazo rápido a la sección de libros en el supermercado nos da una idea —seguramente errónea, pero idea al fin— de qué es lo que les interesa a los jóvenes de ahora, con títulos parecidos a los siguientes: Juventud en arrob@, Reptar en el pantano, Las olimpiadas del hambre, ¡Órale con tu cuerpo!, Memorias de un zombie/ vampiro/hombre lobo/chupacabras adolescente…
En el caso de los padres de adolescentes, el tono de los libros cambia drásticamente y nos hace pensar que el «divino tesoro», del que Rubén Darío habló al escribir sus versos sobre la juventud, se parece más a la rifa del tigre que a una joya preciosa, con titulares, más que títulos, como: El adolescente indomeñable, Guía de cuidado del adolescente, Sobrevivir con un adolescente, La hipersexualidad y los adolescentes, Mil cosas que no soporto de mis hijos adolescentes, Los retos, problemas, riesgos y peligros extremos de la adolescencia…
Adolescente cool, adulto… no tanto
Según un estudio de la Universidad de Virginia, aquellos adolescentes considerados cool por sus compañeros en secundaria, los típicos jóvenes populares, émulos de Justin Bieber —cuando aún era adolescente—, que actúan como si tuvieran toda la experiencia de una persona de mayor edad y que son idolatrados, envidiados y seguidos por el resto de la clase, son también los que tienen mayor probabilidad, en comparación con sus compañeros menos populares, de ser menos competentes al establecer relaciones sociales cuando crecen.
Además, están en mayor riesgo que otros jóvenes de experimentar problemas con alcohol y drogas. La hipótesis de los investigadores para este cambio tan drástico es que, conforme pasa el tiempo, estos adolescentes se comportan de manera más extrema y están dispuestos a correr mayores riesgos con tal de mantenerse en lo alto de la escala de popularidad entre sus admiradores.
Ahora bien, correr riesgos y ser adolescente, cool o no, son palabras que siempre han ido de la mano, como bien los sabe cualquier padre cuando deja a su «bebé» a dos cuadras de la fiesta un sábado por la noche.
Ser adolescente es ser arriesgado: la paradoja joven
Ya sea un cavernícola o un emo, el comportamiento temerario de un adolescente tiene su base biológica en lo que los neurobiólogos conocen como sistema mesolímbico de dopamina. La dopamina es una sustancia que regula nuestra motivación y nos permite perseverar hasta lograr o aprender algo. Experimentos de la Universidad de Texas muestran que los cerebros de los adolescentes, comparados con los de otras edades, responden de forma más intensa cuando predicen o realizan correctamente una tarea nueva o, en otras palabras, cuando están aprendiendo. Cada vez que esto ocurre, hay un incremento en los niveles de dopamina de estos «jovencitos de Indias».
Otros estudios indican que los adolescentes, a diferencia de los niños, son capaces de evaluar de manera correcta los aspectos tanto negativos como positivos de sus decisiones, pero deciden deliberadamente arriesgarse porque lo disfrutan, no porque no prevean las consecuencias. Esto se vuelve especialmente preocupante cuando los posibles resultados, por muy baja que sea su probabilidad, son irreversibles para su bienestar. Ejemplos de ello son el manejar a exceso de velocidad o en una moto sin usar casco, tener sexo riesgoso o elegir una dieta de hambre.
La ventaja evolutiva de estar biológicamente condicionado durante la adolescencia para correr mayores riesgos es que este comportamiento permite sobrevivir cuando las condiciones conocidas cambian y es necesario explorar tierra ignota. Y qué mejor edad para ello que aquella en la que nuestra salud física alcanza el máximo, aunque la mayor toma de riesgos esté igualmente acompañada por una alta mortalidad, situación que ha sido bautizada como «la paradoja de la adolescencia».
Adolescentes y las —ya no tan nuevas— tecnologías
Padres y educadores de este siglo se enfrentan, sin posibilidad de triunfo, a dos avances tecnológicos que acaparan como nunca antes en la historia la atención y el tiempo de los adolescentes: Internet y la telefonía móvil; los trabajos más extensos que a la fecha conectan a unos y otros, realizados por el Centro de Investigaciones Pew —2010—, nos dan una buena idea de lo que ocurre cuando hablamos de lo que los adolescentes hablan en las redes sociales. A medida que crecen, el porcentaje de adolescentes dueños de un smartphone se incrementa, pasando de 8% en un rango de 12 a 13 años de edad a 31% el intervalo de 14 a 17 años de edad. Diversos estudios indican que para los adolescentes el celular es un símbolo de estatus y cumple con la función básica de ponerse de acuerdo en algo con sus compañeros, en tanto que las adolescentes lo emplean para chatear, socializar y, en general, para hacer nuevas amistades y mantener las viejas.
«¿Quieres que juguemos a algo? 8==D» Sextualidad
Gracias a Twitter, hay una nueva preocupación para maestros y padres asociada a esta aplicación y a la palabra sextear. Aunque su popularidad es relativamente reciente, enviar mensajes de texto e imágenes sexualmente explícitas ha generado una discusión intensa sobre si se trata de una práctica de riesgo o tan sólo de algo cada vez más común, inofensivo y propio de la curiosidad que el sexo despierta entre ellos como parte de su desarrollo. Un estudio de julio de 2014 indica que la probabilidad de que aquellos que sextean, con edades de 10 a 15 años, sean también sexualmente activos es seis veces mayor que en caso de quienes no sextean.3 Sextear no implica necesaria ni automáticamente entrar en la categoría de «sexualmente activos»..
En ese mismo estudio, 20% de los estudiantes dijo haber recibido un «sexto» —conjunción de ‘sexo’ y ‘texto’—, mientras que sólo 5% aseguró haber enviado alguno —misterios de la ciencia—. El Instituto Superior de Ciencias de la Educación del Estado de México y la Alianza por la Seguridad en Internet, señalan que 8% de los adolescentes entre 12 y 16 años y 20% de aquellos entre 17 y 20 años ha enviado selfies de desnudos y de semidesnudos. Ya sea que hayas sorteado los pantanosos riesgos de esos años mozos, o ahora mismo te encuentres en la flor de tu juventud, te recomendamos leer este artículo completo en Algarabía 128.
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