La mujer que aparece en la imagen es nada más y nada menos que Maud Stevens Wagner, la primera tatuadora profesional de la historia —al menos, la primera de la que se tiene registro—. Originaria de EE.UU., Wagner nació en Kansas en 1877. Antes de ser tatuadora, se ganaba la vida como acróbata y contorsionista en diversos circos itinerantes. Fue en una de esas carpas en donde conoció a Gus Wagner, quien se autoproclamaba como «el hombre más artísticamente marcado en América».
En 1907, Maud aceptó salir con el famoso «artista del tatuaje» a cambio de que le enseñara a grabar imágenes en la piel de las personas. Luego de mucha convivencia y numerosas lecciones sobre el arte del tatuaje, se casaron y tuvieron una hija llamada Lovetta, quien aprendió a tatuar a la edad de nueve años. Luego de abandonar el circo, los Wagner comenzaron a trabajar por su cuenta en ferias y salas de juego, sorprendiendo a los espectadores con sus creaciones que realizaban a mano, sin el uso de máquinas para tatuar.
El legado de Wagner va más allá del diseño y la tinta, pues los tatuajes que realizó en su propio cuerpo la muestran con una mujer fuerte y dispuesta a abrirse camino en un ámbito que sólo estaba reservado para los hombres.
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