Año de 1893: el momento más importante de sus vidas había llegado. La Exposición Universal de Chicago reunió a más de 19 países y 27 millones de visitantes que esperaban ansiosos lo que muchos meses antes habían anunciado: por fin, adiós a las tinieblas, gracias a la luz eléctrica. La corriente continua del prolífico inventor Thomas Alva Edison y la corriente alterna, del ingeniero Nikola Tesla, estarían a punto de presentarse ante el mundo. El comienzo de la batalla había tenido lugar mucho tiempo atrás; pero en ese preciso instante, sólo hacía falta oprimir un interruptor.

La idea de que la luz eléctrica podría utilizarse para alumbrar casas y ciudades se tuvo a raíz de la exhibición del arco voltaico de SIR Humphry Davy —el primero en la historia en producirla —, realizada públicamente por Léon Foucault para recrear un amanecer durante una representación en el Teatro de la Ópera de París en 1849.

Hasta entonces, el sistema de iluminación artificial más usual seguía siendo el implantado en 1667 por el rey francés Luis XIV, con faroles de vidrio que prendían a base de aceite. Casi dos siglos después, en 1858, una de las más importantes aplicaciones de la luz eléctrica tuvo lugar en Inglaterra, con la instalación de un alumbrado en el faro de South Foreland; en 1877, una calle completa de París se iluminó con electricidad. Sin embargo, estas luces tenían un defecto: estaban conectadas en serie, así que si uno de los focos se descomponía, el resto se apagaba —como las series de luces navideñas.

Thomas Alva Edison, el Mago de Menlo

Era entonces un mundo muy diferente. Un mundo impulsado por manos humanas, caballos y barcos a vapor, iluminados tan sólo por el brillo de la luz natural. Para 1877, Thomas Alva Edison ya era toda una leyenda: era el creador del fonógrafo, la maravilla de la era. Vivía con su esposa en Menlo Park, Nueva Jersey y, una noche de ese año, viajó en tren con un grupo de inventores para estudiar un eclipse solar. En cierto momento, se alejó del grupo y se sentó sobre uno de los vagones para observar cómo el eclipse convertía al día en noche; entonces imaginó la posibilidad de crear un tipo de luz que hiciera justo lo contrario: transformar la noche en día.

Pero Edison no era el único. En ambos lados del Atlántico, docenas de científicos se disputaban el invento, y las investigaciones se remontaban a los descubrimientos de Humphry Davy, sobre los dos modos básicos de luz eléctrica: la luz de arco y la de forma alternativa.

El 13 de septiembre de 1877, antes de comenzar su investigación, Edison logró titulares en todo el mundo, tras haber prometido que alumbraría toda una vecindad de Nueva York en cuestión de unos meses. No tenía idea de cómo lo haría, pero sabía que para lograrlo requeriría el apoyo de los inversionistas de Wall Street.

Y se hizo la luz… eléctrica

Hilos de tela, fibras de coco, filamentos de metal: nada lograba conducir la electricidad durante varias horas sin que el filamento se achicharrase. Por fortuna, el empujón que necesitaba llegó con la invención de la bomba de vacío más avanzada de su tiempo: gracias a esto, Edison y sus «muchachos» —un equipo de doce notables científicos de su vecindario— hicieron brillar un filamento de bambú carbonizado durante trece largas horas, el 21 de octubre de 1879.

Una noche de invierno en año nuevo, 3 000 personas vieron cómo todo Menlo Park se encendía durante 48 horas sin interrupción. El 27 de enero de 1880 le fue concedida la patente, con el número 223 898, y ese mismo año se asoció con J. P. Morgan —un inversionista de Wall Street— para fundar la compañía General Electric.

Su promesa de iluminar Nueva York fue cumplida el 4 de septiembre de 1882. Para entonces, sus doce «muchachos» se habían convertido en 220. Desde sus nuevas oficinas —instaladas en Manhattan, no por casualidad— se inició aquel día el espectáculo de luces. El sistema abrió con 2 323 luces ese año, y para 1885, ya había 250 000 lámparas en uso en los EE. UU.

Nikola Telas: el mago olvidado

En 1883, el cielo de Nueva York estaba tapizado por una telaraña de gruesos cables, y 400 personas habían muerto electrocutadas. Nikola Tesla, un joven croata, alto, moreno, con abrigo negro y bombín, había llegado hasta la gran urbe, con una carta de recomendación escrita por Charles Batchelor, uno de los socios de Edison en Europa: «Querido Edison: conozco dos grandes hombres y usted es uno de ellos: el otro es este joven», decía.

Su intención era mejorar el estándar de electricidad utilizado, a partir de un nuevo modelo de energía inalámbrica de largas distancias; Su intención era mejorar el estándar de electricidad utilizado, a partir de un nuevo modelo de energía inalámbrica de largas distancias; sin embargo, desde el primer momento sus ambiciones y conocimientos chocaron con los intereses de Edison, pues mientras el sistema de éste requería de múltiples generadores, fluía en una sola dirección y no permitía transmitir energía a distancias superiores a dos kilómetros, el de Tesla —con una versión mejorada del generador y controles automáticos— permitía que el voltaje se elevara con un transformador antes de transportarse, lo que lo hacía un sistema más seguro.

Edison le propuso que, de hacerlo funcionar, le recompensaría con 50 000 dólares; pero un año después, cuando Tesla le anunció el éxito de su proyecto, lejos de reconocer su creación, se negó a pagarle la recompensa prometida: «Tesla, no entiendes el sentido del humor americano», le contestó. Sin embargo, otros inversionistas se interesaron y lo apoyaron, entre ellos George Westinghouse, propietario de The Westinghouse Corporation, quien le propuso comprarle su sistema de corriente alterna.

La guerra de corrientes

La comercialización de este sistema de energía propició el inicio de la guerra de corrientes, una campaña de desprestigio que durante diez años impulsó Edison: así, por ejemplo, intentando relacionar la corriente alterna con la muerte, electrocutó en público a perros, caballos y hasta a un elefante, y ajustició por primera vez a un reo en Nueva York con una silla eléctrica que funcionaba con el sistema de su rival.

La Exposición Universal de Chicago de 1893 fue el final del enfrentamiento pues, buscando una fórmula para iluminar el recinto, los organizadores recurrieron a ambos contendientes. Llegado el día del evento, el presidente Grover Cleveland oprimió un botón y 100 000 focos iluminaron el espacio. El público estalló en aplausos al presenciar aquel espectáculo tan parecido a la magia: mientras Tesla evidenció el poder de su corriente alterna de energía eléctrica sin cables con una demostración que conseguía que le saltaran chispas de los dedos, el sistema de Edison sólo logró que las luces de Chicago se atenuaran.

El ganador fue indiscutible: tres años después de la exhibición, Buffalo se convirtió en la primera ciudad de los EE. UU. en iluminarse con corriente alterna, luego de que The Westinghouse Corporation instalara una central hidroeléctrica en las cataratas del Niágara. Sin embargo, para desgracia de Tesla, después de que las patentes fueron registradas a su nombre aparecieron otros científicos para adjudicarse el invento, afirmando que habían hecho los trabajos básicos. Su nombre se perdió en medio de la disputa, y el público terminó asociando el invento con Westinghouse.

¿Por qué este hombre, a quien le debemos la invención de la corriente alterna, la comunicación inalámbrica, el motor eléctrico, el láser básico, el radar y el control a distancia quedó en el olvido? A él le gustaba pensar que si el presente no era suyo, el futuro sí lo sería, pero murió pobre y solo, un 7 de enero de 1943 a los 86 años.

En 2007, la central de Nueva York que Edison había fundado casi un siglo antes hizo su última transmisión de corriente continua. La luz de Tesla, en cambio, es el sistema eléctrico que circula hasta hoy, en todas las casas y ciudades del mundo entero.


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100 segundos para la medianoche’: debido a la falta de progreso durante 2020 para hacer frente a los peligros nucleares y climáticos, así como debido a la pandemia de COVID-19, el ‘reloj del apocalipsis’ no muestra mejores escenarios para la humanidad.

El Boletín de los Científicos Atómicos recordó el miércoles que en 2020 el reloj se colocó a 100 segundos para la medianoche, lo más cercano que ha estado en su historia, según un comunicado del grupo. Y para este año continúa en la posición.

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“La pandemia de COVID-19 terminó matando a más de dos millones de personas en todo el mundo. El mal manejo de esta grave crisis sanitaria mundial es una ‘llamada de atención’ de que los gobiernos, las instituciones y un público engañado no están preparados para manejar las amenazas aún mayores que plantean la guerra nuclear y el cambio climático”, apuntó el grupo.

Estados Unidos, Rusia y otras potencias nucleares del mundo deben dejar de gritarse entre sí, es hora de eliminar las armas nucleares y no construir más, afirmó el exgobernador de California, Jerry Brown, presidente ejecutivo del Boletín de científicos. Y añadió que EU, China y otras naciones deben tomarse en serio las emisiones de carbono.

En tanto, la modernización y expansión del arsenal nuclear en diversos países, combinados con la falta de esfuerzos diplomáticos para reducir la tensión, ha aumentado la posibilidad de que ocurra una catástrofe, afirmó el doctor Steve Fetter, profesor de política pública de la Universidad de Maryland.

La decisión de mantener el reloj así fue tomada por el Boletín de Científicos Atómicos, tras consultar a la Junta de Patrocinadores del Boletín, la cual incluye a 13 personas premios Nobel.

El Boletín de Científicos Atómicos fue fundado en 1945 por Albert Einstein y científicos de la Universidad de Chicago que ayudaron a diseñar las primeras armas atómicas como parte del Proyecto Manhattan, informa la organización.

Esta agrupación creó dos años más tarde el reloj del fin del mundo o ‘del apocalipsis’ (medianoche), así como el idioma contemporáneo de explosión nuclear (cuenta regresiva hasta cero), con el fin de visibilizar la amenaza a la humanidad y al planeta que esto representa.

Este reloj es actualmente un indicador universal de la vulnerabilidad del mundo ante las catástrofes que pueden ser causadas por armas nucleares, por el cambio climático y por las tecnologías disruptivas en otros ámbitos, indica el Boletín.

Admirado y polémico, Carl Sagan fue sin duda el divulgador científico por antonomasia: un personaje que despertó a miles el interés por las ciencias en el siglo XX. Como escritor nos dejó historias maravillosas de un futuro prometedor y como investigador nos recordó que el Universo es un gigantesco océano por explorar.

Una inquieta juventud

Carl Sagan nació en Brooklyn, Nueva York, el 9 de noviembre de 1934. Era hijo de un inmigrante ucraniano y una chica neoyorquina. Como todos los niños, Carl tenía preguntas e inquietudes sobre todo lo que veía. Antes de que su madre lo llevara a una biblioteca para satisfacer su necesidad de saber qué eran las estrellas, tuvo una especie de intuición: las estrellas son soles que se encuentran muy lejos de la Tierra. ¡Y tenía razón!

A los 5 años sus padres lo llevaron a la Feria Mundial de Nueva York, en donde fue testigo del Mundo del mañana. Los ingenieros de ese tiempo imaginaban pantallas luminosas, trenes ultrarrápidos, lámparas que nunca se fundieran y aire acondicionado; ideas muy novedosas en una época previa a la II Guerra Mundial. Así, el niño Carl tuvo la oportunidad de seguir imaginando ese futuro y tratar de formar parte de él.

Sin duda, Carl llamó la atención de sus compañeros y maestros, al destacar en las publicaciones escolares y por tocar el piano con destreza; lo consideraban «un diccionario ambulante». Lo que él se empezó a imaginar que era el Universo lo llevó a estudiar física. El apoyo de sus padres fue indispensable, pues ellos mantuvieron su mente inquisitiva y no limitaron sus dudas; lo llevaron a museos y bibliotecas para desentrañar los grandes misterios del mundo, algunos de los cuales él nos invitaría a imaginar después.

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Predicciones planetarias

Sagan estudió física en la Universidad de Chicago, donde tuvo a notables científicos como maestros y asesores. Quizá los personajes que mayor impacto tuvieron en él fueron los profesores de física George Gamow, reconocido por presentar teorías de la química del Big Bang, y Melvin Calvin, premio Nobel de Química 1961, por encontrar el proceso de las reacciones independientes de la luz en las células de las plantas. Su asesor, Gerard Kuiper — astrónomo reconocido cuyo nombre lleva un cinturón exterior de asteroides—, fue quien lo instó a investigar más acerca del Sistema solar.

Entre los varios proyectos espaciales en los que estuvo involucrado, Sagan trabajó directamente en el desarrollo y control de la misión Mariner, con la cual pudo confirmar su hipótesis de que Venus es un planeta caliente debido a la gran cantidad de gases de invernadero que se encuentran en su atmósfera. También contribuyó a las investigaciones de la atmósfera de Júpiter y a determinar las estaciones que ocurren en Marte, de forma muy similar a como suceden en la Tierra. Por fuera poco, teorizó que existían mares de metano en Titán, la luna más grande de Saturno, y que Europa, una de las lunas de Júpiter, tiene un océano congelado en su interior. Mucho después las sondas y las misiones espaciales confirmaron que estaba en lo correcto.

Cápsulas del tiempo espaciales

Sagan contaba que uno de los momentos más preciados de su infancia fue ver cómo sepultaban una Cápsula del Tiempo en la Feria Mundial de 1939, que será abierta hasta dentro de cinco mil años. Entonces pensó que, se pudiera enviar información sobre la Tierra y nosotros los humanos al espacio, podría ser una excelente forma de preservar y comunicar nuestra existencia a otras civilizaciones en el Universo. Sagan desarrolló cuatro fonogramas de oro que, es muy probable, permanecerán latentes en el espacio durante milenios y que, esperemos, algún día lleguen a una civilización que pueda saber de nosotros. Estos fonogramas se encuentran en las sondas espaciales Voyager I y II —lanzadas en 1977 para estudiar de cerca a los planetas exteriores— que se encuentran en camino de abandonar los bordes del Sistema solar y adentrarse por la Vía Láctea.

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Cosmos

En 1978 Sagan tuvo la oportunidad de escribir y producir un documental para la Public Broadcasting Service, que salió al aire a finales de 1980: Cosmos: A Personal Voyage.

Con sólo 13 capítulos de una hora, Sagan cambió para siempre la forma de divulgar ciencia en los medios electrónicos pues, aunque tomó como referente a grandes documentalistas como Kenneth Clark —Civilisation—, Jacob Bronowski — e Ascent of Man—, y David Attenborough — Life on Earth—, Cosmos mezcló lo más avanzado en animación y representación visual de su época —imágenes de la nasa y de observatorios de todo el mundo— con un lenguaje simple y con ejemplos cotidianos para mostrarnos un concepto hasta entonces inédito de comunicación.


Desde cómo surgió la vida en la Tierra, la historia de la observación de los cielos, el auge y caída de las civilizaciones, de qué está compuesta la materia hasta cuáles son las principales teorías físicas y cuánticas que nos rigen, Sagan hace un viaje por el cosmos del pensamiento, siempre planteando al final más preguntas que respuestas.

Contra lo que pudiera pensarse, a la comunidad científica de su tiempo no le agradó nada la idea de que alguien que no era «experto» en cada área del conocimiento se atreviera a explicar temas tan complicados «de una forma tan burda».

El programa fue adaptado a libro y, hasta la fecha, es uno de los materiales escolares fundamentales de divulgación científica.

Un punto azul pálido

Como divulgador, Sagan nos invitó en todo momento a aclarar nuestros pensamientos y tratar de comprender cuál es nuestro lugar en el vasto océano del infinito. Cuando en 1990, la sonda Voyager 1 se encontraba a 6 mil millones de kilómetros de la Tierra, Sagan pidió al equipo de la nasa que ordenara a la sonda voltear su cámara y tomar una imagen de nuestro planeta.

El resultado fue descrito por él como «un punto azul pálido en el Universo». Ese punto, como una mota de polvo en la oscura inmensidad, es el lugar donde toda nuestra historia ha sucedido y Carl, de forma humilde, sugería que a través de la amabilidad y la compasión es como podemos hacer de este mundo un lugar mejor: «Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… Todo eso es desafiado por ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un sol ario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que pueda llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos».

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¿Estamos solos en el Universo?

En 1969 Sagan organizó un congreso sobre vida extraterrestre, en donde «echó a pelear» a los que estaban a favor del fenómeno ovni y a los que estaban en contra. Desde joven se había interesado en el aspecto psicológico de quienes reportaban avistamientos. Como el escéptico que era buscaba en todo momento encontrar respuestas al Universo mismo y a la gran pregunta: «¿Estamos solos?»

Asimismo, fue parte del comité ejecutivo del Instituto de Búsqueda de Inteligencia Extra Terrestre. En sus textos manifestaba su deseo de encontrar vida alienígena y promovió la búsqueda de señales de «vida inteligente» con radiotelescopios que apuntaban hacia varias estrellas de la Vía Láctea.

En 1996, dos años después de someterse a tres trasplantes de médula ósea, Carl Sagan murió de neumonía a los 62 años de edad, sin enterarse de que poco después se descubriría el primer planeta fuera del Sistema solar. A la fecha se han registrado más de 5 mil exoplanetas, y varios de ellos podrían tener condiciones similares a las de la Tierra. De hecho, se cree que en nuestra galaxia podría haber 40 mil millones de planetas que podrían albergar vida.

Ante la evidencia de miles de millones de estrellas y galaxias en el Universo, Sagan mencionaba que, por simple probabilidad numérica, seguro había otras civilizaciones en el Universo además de la nuestra; pero no, en verdad fuéramos los únicos, reflexionaba: «En cualquiera de los dos casos la conclusión es asombrosa».

 

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Inspiración del cielo

Se sabe que las abejas se sienten atraídas por flores de colores brillantes con néctar dulce. Por lo que los hallazgos de un grupo de investigadores de la Universidad de Cornell (Estados Unidos) ha sido una sorpresa para muchos.

Resulta que pese a que las plantas de cannabis no sean brillantes ni tengan polen dulce, a estos insectos les encantan.

Los científicos descubrieron que cuanto más altas son las plantas de cannabis y mayor área cubren, más abejas se sienten atraídas por ellas. Específicamente, las abejas tenían 17 veces más probabilidades de ir a una planta más alta que a las más bajas.

“El cáñamo industrial, cannabis sativa, es un cultivo recién introducido y en rápida expansión en el paisaje agrícola estadounidense. Como cultivo exclusivamente polinizado por el viento, el cáñamo carece de néctar, pero produce una gran cantidad de polen durante un período de escasez floral en los paisajes agrícolas. Estos recursos de polen son atractivos para una variedad de especies de abejas”, señala el estudio.

“El cáñamo tiene el potencial de proporcionar un recurso nutricional crítico a una comunidad diversa de abejas durante un período de escasez floral”, añaden los investigadores.

A las abejas que les gustan estas plantas podrían resultar extremadamente útiles para su población. Muchas plantas necesitan pesticidas para ayudarlas a crecer, algo que ha influido en la disminución del número de abejas, pero las plantas de cannabis no necesitan la ayuda de pesticidas con mucha frecuencia, lo que hace que sea más seguro para las abejas extraer su polen. Una buena noticia, sin duda.

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Tal vez al oír el nombre de Alemania, de inmediato usted piense: «gente inteligente; futbol vertical» o «ricas chelas». Y pues sí, dentro de los estereotipos que existen en el imaginario colectivo sobre los alemanes, no es casualidad que por su mente pase uno —o varios— de los científicos más célebres que «en el mundo han sido». He aquí un recuento de los más emblemáticos.

Johannes Kepler

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(27 de diciembre de 1571, Weil der Stadt – 15 de noviembre de 1630, Regensburg, Sacro Imperio Romano Germánico)

Figura clave de la revolución científica
 del siglo XVII, matemático y 
astrónomo. Escribió sobre astronomía, 
apoyando la teoría heliocéntrica de
 Copérnico. De sus libros Mysterium
 Cosmographicum, Astronomiae Pars
 Optica y Astronomia Nova surgieron las 
llamadas Leyes de Kepler —otros científicos las nombraron así—: «Todos los planetas se desplazan alrededor del Sol describiendo órbitas elípticas. El Sol se encuentra en uno de los focos de la elipse»; «el radio vector que une a un planeta con el Sol, recorre áreas iguales en tiempos iguales»; y «Para cualquier planeta, el cuadrado de su periodo orbital es directamente proporcional al cuadrado de la longitud del semieje mayor de su órbita elíptica».

us descubrimientos fueron fundamentales para la Ley de Gravitación que luego estableció Isaac Newton.

Gottfried Wilhelm Leibniz

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(1 de julio de 1646, Leipzig – 14 de noviembre de 1714, Hannover, Sacro Imperio Romano Germánico)

Considerado como el «último genio universal», estuvo prácticamente ligado a toda rama de la ciencia: fue filósofo, matemático, físico, filólogo, sociólogo, y político alemán que rivalizó con el mismísimo Newton.
Haciendo a un lado sus vastas aportaciones, Leibniz, contribuyó especialmente en matemáticas: a la par de Newton descubrió el cálculo —diferencial e integral—, pero su legado más relevante fue la introducción de las notaciones actuales para la integración: «∫», summa, y «d», differentia, ambas en latín y anticipó por casi dos siglos a la topología —rama de las matemáticas que estudia propiedades de los cuerpos geométricos que permanecen inalterados por transformaciones continuas— al decir que una línea recta en realidad es una curva y que cualquiera de sus puntos son iguales.

Él perfeccionó el sistema binario: base de toda la tecnología digital.
Einstein tuvo el mismo modo de pensar que Leibniz, ya que éste también dijo que el espacio, tiempo y movimiento son relativos y no absolutos como se pensaba en aquella época —y hasta mediados del siglo xx.

Aquí hay gato encerrado

Alexander von Humboldt

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(14 de septiembre de 1769, Berlín – 6 de mayo 1859, Berlín, Reino de Prusia)

Considerado como el «padre de la
 geografía moderna» también fue 
astrónomo, humanista, naturalista y
 explorador. De muy joven recorrió todo 
el río Rin hasta llegar a Holanda y de
 ahí viajó hasta Inglaterra: esto despertó
 su futura vocación por explorar otros 
continentes. Realizó expediciones por Nueva Granada —Venezuela, Colombia y Ecuador—, por el Perú, la Nueva España, Cuba y finalmente Norteamérica.
Irónicamente, en Alemania no es tan conocido como en el resto del mundo.

Durante sus viajes registró información primordial sobre: el clima, recursos naturales, orografía, flora y fauna, además de su fundamental estudio vulcanológico del Nuevo Mundo. Obtuvo la nacionalidad mexicana en 1827 por parte del presidente Guadalupe Victoria y en 1859 —el año de su muerte— fue declarado como Benemérito de la Patria por Benito Juárez.

Carl Friedrich Gauss

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(30 de abril de 1777, Braunschweig, Sacro Imperio Romano Germánico – 23 de febrero de 1855, Göttingen, Confederación Germánica)

Llamado «el más grande matemático desde la antigüedad» o Princeps mathematicorum, las aportaciones
de Carl Gauss en teoría numérica, álgebra, estadística, análisis, geometría diferencial, geodesia, geofísica, mecánica, electroestática, astronomía, teoría de matrices y óptica, revolucionaron la ciencia. Luego de ser un «niño prodigio», a los 21 años escribió su «obra maestra»: Disquisitiones Arithmeticae, tratado con el que consolidó a la teoría numérica como disciplina. En cuanto a astronomía, ayudó a reencontrar al planeta enano Ceres —situado entre Marte y Júpiter—, sólo empleando métodos matemáticos —entre ellos la Segunda Ley de Kepler y antecediendo la Transformada rápida de Fourier de 1965— que le ayudaron a determinar la Constante gravitacional gaussiana, la cual contiene al «método de los mínimos cuadrados» que ahora es indispensable para minimizar el impacto del error.

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Max Planck

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(23 de abril de 1853, Kiel, Confederación Germánica – 4 de octubre de 1947, Göttingen, Alemania Federal)

Físico teórico que recibió el Premio Nobel de Física en 1918 por sus aportaciones a la teoría cuántica. Estuvo cerca de no dedicarse a la física debido a que su profesor Philipp von Jolly le
 advirtió que prácticamente «ya se había
 descubierto todo» y que sólo faltaba por 
«rellenar algunos huecos». En 1900 propuso una solución para el problema de la radiación del cuerpo negro —un absorbente ideal que no existe— presentado por Kirchoff,
 en el que la energía electromagnética sólo puede ser emitida de forma cuántica, es decir: la energía es un múltiplo de unidad elemental.

Heinrich Rudolf Hertz

(22 de febrero de 1857, Hamburgo, Confederación Germánica – 1 de enero de 1894, Bonn, Imperio Alemán)
Seguro cuando se funde un foco y usted revisa la cantidad de frecuencia para conseguir uno nuevo… ¡zap!, aparece el apellido de este físico. Hertz comprobó la existencia de las ondas electromagnéticas que habían sido predichas por el escocés James Maxwell.

Hertz sólo vivió 36 años, una de las magnitudes eléctricas lleva su apellido como homenaje a sus notables aportaciones.

El descubrimiento consistió en reformular las ecuaciones de Maxwell y juntarlas con los resultados del experimento de Michelson (1881) el cual refutó la existencia del éter, sustancia hipotética muy ligera que supuestamente ocupaba todo el espacio— por lo que demostró que las 
ondas electromagnéticas viajan a través del aire libre y del vacío, y para lo que construyó en su laboratorio un emisor —oscilador— y un receptor —resonador— de ondas.

Max von Laue

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(9 de octubre de 1879, Pfaffendorf, Reino de Prusia – 24 de abril de 1960, Berlín)

Recibió el Premio Nobel de Física
 en 1914 por su descubrimiento de la difracción de los rayos x por medio de cristales. Fuerte opositor del nazismo, fue una figura clave para el resurgimiento y organización de las ciencias en Alemania tras la ii Guerra Mundial. Hizo contribuciones en óptica, cristalografía, teoría cuántica, superconductividad y sentó bases para el desarrollo de la Teoría de la relatividad.

James Franck

(26 de agosto de 1882 en Hamburgo, Imperio Alemán – 21 de mayo de 1964 en Göttingen)
Recibió el Premio Nobel de Física 
en 1925, junto con Gustav Hertz —sobrino de Heinrich—, «por su descubrimiento de las leyes que gobiernan el impacto del electrón sobre el átomo», fundamental para el modelo atómico de Niels Bohr. Gravemente herido durante la i Guerra Mundial, fue condecorado con la Cruz de Hierro de Primera Clase. En 1920, a pedido de Max Born, Franck llegó como profesor ordinario al Instituto de Física Experimental de la Universidad de Göttingen, del que luego sería su director.

En 1933, a modo de protesta, renunció a su cargo cuando los nazis asumieron el poder, y emigró al Instituto Niels Bohr de Copenhague, en Dinamarca, no sin antes apoyar al físico inglés Frederick Lindemann para que más científicos judíos consiguieran trabajo en el extranjero.

Fue un fuerte promotor para las carreras científicas de las mujeres, de las que destacan Lise Meitner, Hertha
Sponer —su segunda esposa— y Hilde Levi. Si bien formó parte del Proyecto Manhattan durante la ii Guerra Mundial como Director de la División de Química del Laboratorio Metalúrgico, a la par fue Presidente del Comité de Problemas Políticos y Sociales, para evitar el uso de las bombas atómicas. En su honor, la Universidad de Chicago fundó el Instituto James Franck.

Encuentra este artículo completo en nuestra edición especial de Alemania.
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El agua es un recurso natural totalmente necesario en nuestra vida diaria y es una realidad que el agua salada puede ser dulce y potable. Ante su escasez en diferentes partes del mundo, científicos del Departamento de Ingeniería Química de la Universidad de Monash, desarrollaron un método para su consumo humano.

Un equipo de investigadores logró transformar agua salobre y agua de mar en agua potable segura y limpia en menos de 30 minutos utilizando un filtro y luz solar.

Shutterstock

Los científicos, que publicaron sus hallazgos en la revista Nature Sustainability, diseñaron un filtro especial que puede generar cientos de litros de agua potable por día y solo requiere luz solar directa para purificarlos, lo que hace que el proceso sea energéticamente eficiente, de bajo costo y sostenible.

Durante el proceso de desalinización, el filtro adsorbe las sales del agua y luego se coloca bajo la luz del sol para regenerarse.

Para la fabricación del filtro, los investigadores utilizaron compuestos organometálicos (MOF, por sus siglas en inglés), que constan de iones metálicos, los cuales forman un material cristalino.

Es un descubrimiento nada menor, pues podría proporcionar agua potable a millones de personas en todo el mundo.

La Organización Mundial de la Salud sugiere que el agua potable tenga un sólido disuelto total (TDS) de <600 partes por millón (ppm). Los científicos alcanzaron un TDS de <500 ppm en solo. Así que su invento es una buena noticia.

Estudiar los elementos que conforman la naturaleza es una labor titánica: desde los más colosales astros y galaxias hasta lo inimaginablemente pequeño, como el reino subatómico —de sub, que significa ‘debajo’; atomon, ‘indivisible’, y el sufijo -ico, ‘relativo a’— y sus partículas —del latín particula, compuesto por par o partis, ‘parte’, y el sufijo -cula, ‘pequeña’—. Aquí mostramos el origen de algunos de sus nombres:

BOSÓN

Su nombre también proviene de un científico, Satyendra Nath Bose, físico hindú del siglo xx reconocido por sus trabajos sobre mecánica cuántica. Los bosones son el segundo tipo elemental de subpartículas, y su función es ser portadores de las fuerzas de interacción que experimentan los fermiones —ya que determinan la masa de otras partículas a partir de su interacción con éstas—. Se dividen en bosones escalares y bosones vectoriales —también llamados «de gauge»— debido a su comportamiento, donde el único escalar es el bosón de Higgs, mientras que los vectoriales son el fotón, el gluón y los bosones W+, W- y Z.

FERMIÓN

Nombrado así en honor al científico italiano Enrico Fermi, el primero en llevar a cabo una reacción nuclear controlada. Su nombre se complementa con el sufijo -ón —del plural –ones—, que en la física se utiliza para dar nombre a todas las partículas elementales. Los fermiones son una de las dos partículas subatómicas elementales, las cuales conforman toda materia. Pueden tener 12 «sabores»:1 6 leptones —el electrón, el muón y el tauón, unidos a sus respectivos neutrinos— y 6 quarks —up, down, charm, strange, top y bottom.2

Dos fermiones en el mismo estado no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo, por lo que cumplen con el principio de exclusión de Pauli.

GRAVITÓN

Es una partícula hipotética teorizada por los científicos rusos Dmitri Ivanovich Blokhintsev y F. M. Galperin en 1934 y hasta la fecha no ha sido comprobada su existencia. Si las fuerzas fundamentales están mediadas por los bosones —el electromagnetismo por el fotón, la interacción fuerte por el gluón y la interacción débil por los W± y Z— se propuso la existencia de otro bosón de gauge responsable de los efectos de la gravedad cuántica, la última fuerza fundamental. La palabra gravitón proviene de gravedad —del latín gravitas, ‘peso’, y el sufijo -ción, que significa ‘acción y efecto’.

HADRÓN

Formado por la palabra griega ἁδρός, hadrós, ‘denso’, y el sufijo -ón, es una partícula subatómica compuesta —es decir, conformada por dos o más elementales—. En general, los quarks —cuyo nombre fue adoptado de la novela Finnegans Wake, de James Joyce— experimentan un tipo de fuerza conocida como interacción nuclear fuerte; dependiendo de sus «sabores» se tienen dos formas de hadrones: un mesón —formado por la interacción de un quark con un antiquark— y un barión, que es la interacción de tres quarks distintos, siendo el protón y el neutrón los bariones más conocidos.

Los protones no se repelen entre sí porque son ejemplos dehadrones.

1 En la física se le llama así a sus atributos únicos.

2 O en español: arriba, abajo, encanto, extraño, cima y fondo.

PALABROTAS por Baruc Mayen Arroyo y Arturo Gallegos García

Tal vez lo que más relaciones con este país sea el que son buenos para el futbol, que tienen «ricas chelas», que son de carácter frío, y pues sí, dentro de los estereotipos que podrían existir en nuestro imaginario sobre los alemanes estas ideas caben, aunque tampoco es casualidad que por tu mente pasen también uno —o varios— de sus científicos más célebres.
En el vocabulario alemán existen palabras que son ridículamente largas –como un fin de semana en Tres Marías sin WiFi–, y tienen ideas que confirman el por qué luego decimos que son muy raros. En este programa Fernando y Pilar Montes de Oca Sicilia conversarán contigo sobre esta edición que elaboramos –con motivo de la alianza entre México y Alemania–, para darnos un viajecito entretenido por la tierra de las salchichas, cerveza, y sauerkraut.

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Si te perdiste la primera parte dedicada a esta edición especial escúchala aquí.
 

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