Este mundo ya no es amigable con los fumadores, gracias al impuesto cada vez más alto al tabaco y la prohibición de consumirlo en espacios cerrados; quienes gustan de fumar han sido obligados a exiliarse en las banquetas de los bares y los restaurantes, los patios y las azoteas.
Foto: fotografierende
Cada vez es más común que al encender un cigarro la mayoría de la gente te mire como si acabaras de prender la mecha de una granada de mano. Es cierto, el cigarro está asociado a enfermedades mortales —como la neumonía y el cáncer de pulmón— pero se equivocan quienes ven en él una moda que, como tantas otras, tiene los días contados. Fumar es en realidad una habito milenario que data de casi 5 000 años antes de Cristo, cuando el tabaco ya se cultivaba en América, principalmente en Perú y Ecuador.
Foto: Sera
Sin embargo, se tienen registros de que la costumbre de fumar otro tipo de plantas es aún más antigua; según el gran historiador griego, Herodoto, los babilonios, los escitas y los tracios acostumbraban fumar cáñamo y otras yerbas de la zona. Sólo que su uso jamás se popularizó, como sí ocurrió con el tabaco, que los colonizadores españoles llevaron a Europa entre muchos otros dones de la tierra recién descubierta.
Los nativos americanos no sólo fumaban por el mero placer de hacerlo sino que estaban convencidos de las propiedades medicinales del tabaco y además lo bebían, lo untaban, masticaban, aspiraban e incluso lo usaban en enemas.
Foto: Michi
La primera mención que se hace al consumo del tabaco en América aparece en 1535 en la Historia general y natural de las Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo, donde se relata que un cacique de los indios taínos le regaló a Juan Grijalva un «tubito encendido por uno de los extremos». Ese mismo año, los españoles instituyeron el cultivo del tabaco en Santo Domingo y posteriormente lo extendieron a Trinidad, Cuba, México y las islas Filipinas. Para inicios del siglo xvii el consumo de tabaco se había extendido por toda Europa, tanto en las cortes como en las aldeas más pobres, donde, según algunos historiadores, era prácticamente obligado, pues «mataba el hambre».
Foto: Eddy
Así que la próxima vez que te digan que fumas por moda podrás responder que en realidad eres parte de una de las tradiciones más antiguas de esta tierra y que, como bien decía Alessandro Pertini: «De los no fumadores podemos aprender la tolerancia. Todavía no conozco uno sólo que se haya quejado de los no fumadores».
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Tomado de Fumar es un placer, colección Vicios; Editorial Lectorum y Editorial Otras Inquisiciones: México, 2013.
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Una de las consecuencias de la prohibición del consumo del cannabis —o mariguana, para ser más claros—, impuesta en México en 1920, fue el surgimiento de una jerga con la que los mariguanos, grifos o pachecos, tratan de pasar inadvertidos entre los no fumadores. Fúmate este artículo y entérese de más de estos entretenidos términos y su significado.
La cucaracha, la cucaracha ya no puede caminar porque no tiene, porque le falta mariguana que fumar…
Corrido popular mexicano
Durante la Revolución, la mariguana en México todavía no estaba prohibida, y su consumo era frecuente entre los rebeldes, como lo prueba el corrido «La cucaracha»; pero su prohibición fue impuesta a México por los EE.UU., y para la segunda mitad del siglo xx, ya era una planta ilegal en ambos lados del río Bravo, por lo que los «pachecos» tuvieron que disimular su uso.
El término pacheco nada tiene que ver con el apellido, y más bien parece una variante de pachuco, pues muchos pachucos fumaban mariguana.
«A Warm Smell of Colitas»
Así pues, para referirse a la mariguana, los fumadores empezaron a hablar de «mota», «mois», «perejil», «hierba», «café», «mostaza», «yesca», «María Juana», «Juana» o «Rosa María»; por sus características, también fue llamada «lima-limón», «pelo rojo» o «sin semilla» y, por su origen, «Panamá red», «Acapulco golden» o «la de Xilpan».
También, por su similitud con las colas de los corderos, a las varitas con hojas y florescencia, secas y listas para fumar, se les conoce como «colas de borrego», «colas» o «colitas» —como dice «Hotel California», la canción de The Eagles, «A Warm Smell of Colitas Rising up Through the Air»—. También, por su parecido con la carne seca deshebrada, se le ha llamado «machaca» —de ahí la expresión «chaca la machaca»—. Las semillas fueron llamadas cocos, porque parecían cocos de agua en miniatura, y la carencia de hierba se denominó eriza; es decir, un mariguano sin mota «anda erizo» o «está erizo», y de ahí lo de «Eric» e incluso «Eric Clapton».El término limpiar es importante porque, de lo contrario, las semillas explotarían al consumirse y la gente podría decir que «esos muchachos se las tronaron».
Igualmente, por su semejanza con el olor a palma quemada, quizá alguien diga: «me llegó el petatazo», «el hornazo» o «el tufillo de sus carrujos». Y alguien más: «a ver qué mariguanada se les ocurre ahora». Estos términos proceden de no fumadores, entre quienes el cannabis no goza de muy buena reputación.
Ahora bien, un «mal viaje» no es el clásico vtp —«viaje todo pagado», que a la mera hora ni incluye todo ni todo está pagado—, sino una mala experiencia con cannabis, la cual puede consistir en la clásica paranoia sin motivo aparente o en un verdadero malestar. Entonces se dice que esa persona se «malviajó», se «paracuateó», o que «le dio la pálida» y, cuando el cannabis produce mucha tos, suele decirse que dicha mota salió «regañona».
En Holanda, una coffee shop no es una cafetería, sino un establecimiento donde se puede fumar y comprar cannabis legalmente.
Por otra parte, existen términos que no tienen más significado que el que los pachecos les han dado, como las palabras chora y bacha, ambas referentes a las colillas de los churros. De la segunda se deriva el término matabachas, el cual designa a cualquier objeto que se utiliza para fumar hasta los últimos restos de un cigarrillo. Otras, como ya se ha visto con petatazo, no tienen su origen en el español, sino en las lenguas indígenas; tal es el caso de la palabra guato, una cantidad considerable de mota, o guarumo, que denomina a la mariguana de escasa calidad o a sus desperdicios, es decir, las semillas y las varas.
–Aquí puros disparates con un alto grado de tontería.—
La clandestinidad de fumar cannabis produce, de este modo, oraciones como las respuestas a la pregunta «¿A dónde van?»: «A que-Martha nos corte el pelo», «A Cuernavacha», «A Atiza-pán» o «A tocar el trombón», la cual debe acompañarse con el gesto de llevar una mano a la boca y moverla hacia delante y hacia atrás, como cuando se toca dicho instrumento.
De ninguna manera este breve recuento de términos pretende ser exhaustivo, y cada día los fumadores inventan nuevas palabras —algunas de ellas, exclusivas de pequeños grupos—; sin embargo, sean estas líneas una muestra de cómo la clandestinidad del cannabis ha generado toda una jerga de mariguanos. Finalmente, tampoco es ésta una invitación a fumar mota: los efectos negativos de este hábito son, o deberían ser, por todos conocidos.
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Sabemos mucho de lo que el régimen nazi hizo en la medicina, de los experimentos con seres humanos, del genocidio y de la forma en que utilizó la ciencia para fines inhumanos. Ya en 1947, Telford Taylor había dicho: «los médicos nazis han convertido a Alemania en una combinación infernal entre manicomio y osario». Pero es casi lo único que se dice acerca de sus investigaciones científicas.
La horrible ciencia Nazi
Esto es de entenderse, tomando en cuenta la magnitud y la naturaleza de sus actos.
La doctora Diana Rivera apunta al respecto: «…la ciencia nazi ha sido simbolizada por los experimentos en campos de concentración, la colaboración en el holocausto, los asesinatos tortuosos, y la eutanasia de cientos de miles de personas con discapacidades físicas y mentales».
Esas implacables acciones impiden que les demos crédito por ciertas acciones, y ni siquiera el reconocimiento de que el Tercer Reich era progresista en ciertos asuntos de salud pública puede mitigar la enormidad de todo lo demás sucedido en su nombre.1 Y justamente una de esas acciones era la campaña antitabaco que tuvo lugar antes y durante la II Guerra Mundial en Alemania.
El tabaco en el Reich
En 1939, el médico alemán Franz H. Müller publicó el primer estudio epidemiológico y científico que demostraba la relación entre el cáncer de pulmón y el consumo de tabaco, un descubrimiento que estudios posteriores habrían de corroborar. A partir del mismo, Adolfo Hitler y toda su maquinaria gubernamental iniciaron una importante campaña antitabaco, la primera en el mundo, la única hasta entonces.
Müller analizó los hábitos de fumar de 86 pacientes masculinos con cáncer de pulmón y luego los cruzó con los hábitos de 86 que no lo padecían. El estudio arrojó que los pacientes fumadores eran mucho más susceptibles a desarrollar cáncer que los que no: 16% del grupo sano eran personas que no fumaban, comparado con sólo 3.5% en el caso de los enfermos.
Se prohibió fumar en los espacios públicos —incluyendo la calle—, en los tranvías y hasta en los refugios antibombas; se prohibió la propaganda y la publicidad de cigarros; se restringió la dotación de cigarros a mujeres y se evitó que menores de 18 años y mujeres embarazadas fumaran.
Hitler dice
La política antitabaco se aceleró a mediados de los años 30 y en cuanto empezó la guerra.
En 1940, Hitler ordenó que a los soldados se les racionara el tabaco a seis cigarrillos por día y que se retribuyera a los que no fumaban con más comida, chocolate, o bien con cigarros para que los intercambiaran por lo que quisieran.
En materia civil, se decía que la mujer alemana no debía fumar —«Die deutsche Frau raucht nicht!»— y el centro de la propaganda era nada menos que Hitler, con frases como: «Hermano nacionalsocialista: ¿sabía usted que el Führer está en contra de fumar y cree que cada alemán es responsable de sus actos, pero no tiene derecho a dañar su cuerpo?».

Más malo que el Führer
En este mismo sentido, no sólo hubo prohibiciones sino también iniciativas para ayudar a la gente a dejar de fumar; por ejemplo, se empezaron a usar chicles de nicotina y enjuagues bucales para que el sabor del tabaco resultara nauseabundo; además, el gobierno brindaba ayuda psicológica y fomentaba el deporte.2 Asimismo, se asignó un gran presupuesto al Wissenschaftliches Institut zur Erforschung der Tabakgefaheren —Instituto para el Estudio de los Peligros del Tabaco— y a otras instituciones de investigación.
«Nuestro Führer no toma, no fuma y su desempeño en el trabajo ¡es increíble!».
Estas acciones fructificaron en descubrimientos que hoy nos suenan muy conocidos: que el cigarro causa cáncer de pulmón, que está relacionado con otros cánceres, y que está involucrado en los males cardiacos, coronarios e infartos cerebrales; que el fumador pasivo se ve afectado por la inhalación indirecta del humo del cigarro —de hecho, el término Passivrauchen fue acuñado durante el régimen nazi—, y que el tabaco «es un veneno que mata lentamente».
La idea de la raza pura
Es interesante notar que estas medidas eran parte de una campaña mucho más ambiciosa en pro de la salud de los ciudadanos y miembros del partido, y una forma de «higienización de la raza».
Las autoridades promovieron una reducción de las comidas grasosas —incluyendo salchichas y crema batida— y una dieta alta en frutas y verduras; fomentaron el uso de la harina integral en las panaderías y pastelerías, y restringieron el uso de aditivos dañinos en la comida, como los colorantes y la sacarina —de hecho, Hitler seguía una dieta estrictamente vegetariana.
Sin embargo, a lo que imprimieron mayor énfasis fue al hábito de fumar, ya que éste iba en detrimento directo de la «nueva raza aria», esa que era atlética, musculosa, sana, fuerte y que, por supuesto, no fumaba.
Este rechazo al tabaco caracterizó a todos los países del Eje: mientras que Winston Churchill,3 Charles de Gaulle, José Stalin y Franklin D. Roosevelt eran fumadores y podríamos decir que hasta amantes del cigarro. Hirohito, Benito Mussolini, Francisco Franco y, por supuesto, Hitler, no fumaban.
Era bueno hasta que me lesioné la rodilla
De hecho, se dice que Hitler había fumado mucho durante su juventud —hasta 40 cigarros diarios—, pero después odió el cigarro y vivía preocupado de que Eva Braun, su pareja, y su mano derecha, Martin Bormann, fumaran, sobre todo en lugares públicos.
Hitler pensaba que fumar era «decadente» y «la venganza del hombre rojo contra el blanco, por haberle dado el licor y el alcohol».
Una de sus frases era «muchos hombres de excelencia se han perdido gracias al veneno del tabaco»; también decía que «es incorrecto decir que un soldado no puede sobrevivir sin tabaco». Al iniciar el régimen nacionalsocialista, la mayoría de los alemanes fumaban.
¿Qué dijeron los números?
El consumo de tabaco de 1932 a 1939 creció de 570 a 900 cigarros per capita al año, mientras que Francia tuvo un crecimiento de 570 a 630 cigarros en el mismo periodo. Después de la campaña y debido a los pocos recursos que había durante la Guerra, el consumo de tabaco disminuyó en un 14%, mientras que el número de fumadores compulsivos también disminuyó de 4.4% a sólo 0.3%.

Al terminar la II Guerra Mundial, Alemania, en su posición de perdedor y con pocos recursos a la mano, cesó la investigación. Las compañías tabacaleras de EE.UU. entraron rápidamente al mercado alemán.
1 Diana Esperanza Rivera Rodríguez, «La alemania nazi (1933-45) y el control del cáncer», en Revista Colombiana de Cancerología, 2006; 10 (1), pp. 71-74.
2 Robert N. Proctor, «The Anti-Tobacco Campaign of the Nazis: A Little Known Aspect of Public Health in Germany», Departamento de Historia, Pennsylvania State University.
3 La imagen que se tiene del ministro británico es siempre con un puro en la mano y, según su carta de desayuno, éste incluía whisky y cigarro. Vivió hasta los 91 años.
Conoce sobre la efectividad de los esfuerzos alemanes contra el tabaquismo, y las intenciones detrás de este programa en Algarabía 57.
Ve también en algarabía.com:
Cuando fumar era cool
Así, un tema y una costumbre que antes no se cuestionaba —basta con ver una película de los años 60 para darnos cuenta de que todo el mundo fumaba y, además, todo el tiempo— hoy es objeto de debates y encontronazos, y lo será hasta que deje de importarnos, porque haya dejado de ser costumbre —como mascar tabaco o usar sombrero.
Al respecto nos dice don José de la Colina que, si bien el debate puede parecer nuevo, «ya las literaturas, la escrita y la hablada, desde hace mucho tiempo habían iniciado el debate entre fumófagos y fumófobos», los que por un lado defienden su derecho a fumar y su libertad de ejercerlo, y los que, por otro, condenan el fumar y a quien lo hace.

Sin embargo, como en Algarabía no iniciamos debates ni nos gusta crear polémica, hemos decidido que, a cuento de la fumofilia y la fumofobia, lo que procede solamente es recopilar algunas citas y frases de la literatura, tanto escrita como hablada, acerca del fumar y de por qué es un placer. Ahí les van:
«Si dejas de fumar, beber y hacer el amor, no es que vayas a vivir más, es que la vida se te hará larga, larga, larga.»
Clement Freud.
«Nadie se ha muerto por no fumar, pero ¿para qué arriesgarse?»
Satish Chothani.
«El puro es el complemento indispensable de toda vida de solaz y elegancia.»
George Sand.
«Entra un viejo señor en la tabaquería, pide cigarros y la tabaquera se los entrega. Después de pagar, el viejo señor lee en la cajetilla: “Este producto puede causarle impotencia”. Así, el viejo señor dice: “No, éstos no. Mejor deme de los que matan”.»
Jordi Domingo.

«Al cumplir 70 años me he puesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar más de un solo cigarro a la vez.»
Mark Twain.
«Comer y dormir son las únicas actividades que deberían poder interrumpir el placer de fumar un puro.»
Mark Twain.
«Bebo mucho, duermo poco y me fumo un puro tras otro. Puedo decir que estoy 100% en forma.»
Winston Churchill.
«Ahora lo único que extraño del sexo es el cigarro que te fumas después. Ése y el primero que te fumas en la mañana son los mejores. Sabe tan rico que, si hubiera sido frígida, hubiera fingido sólo para poder fumármelo.»
Florence King.
«Si pago 10 dólares por un puro, primero le hago el amor y luego me lo fumo.»
George Burns.
«Miles de no fumadores se mueren a diario, así que tengan cuidado.»
Bill Hicks.
«Si hubiera seguido el consejo de mi médico de dejar de fumar cuando me lo dijo, no hubiera podido asistir a su funeral.»
George Burns, a los 98 años.
«La única manera de terminar con un mal hábito es reemplazarlo con uno mejor.»
Jack Nicholson, explicando por qué ahora fuma puro y no cigarro.
«A veces un puro es solamente un puro.»
Sigmund Freud, cuando le preguntaron sobre el simbolismo fálico de los puros.
«El tabaco, que casa admirablemente con el alcohol —si el alcohol es la reina, el tabaco es el rey—, es un amable compañero para enfrentar todos los acontecimientos de la vida. Es el amigo de los buenos y de los malos momentos. Se enciende un cigarro para celebrar una alegría y para ahogar una pena. Estando solo o acompañado.»
Luis Buñuel.
«¡Ah, si por lo menos hubiera traído mi puro, podría haber reestablecido mi dignidad.»
Charles Dickens.
«Gentlemen, you may smoke.»
El rey Eduardo VII de Inglaterra, al dar por terminada la prohibición de tabaco que había impuesto la reina Victoria a principios del siglo XX.
«Lo que este país necesita es un buen puro de 5 centavos.»
Thomas Marshall, vicepresidente de EE. UU. (1913-1921), hablando de la decadencia de su país.
«En mi caso, las únicas herramientas que necesito para sobrevivir son papel, tabaco, comida y algo de whisky.»
William Faulkner
«Si eliminas el cigarro y el juego, te sorprenderías de que la mayor parte de los placeres que puede disfrutar el ser humano son los mismos que puede disfrutar su perro.»
George Bernard Shaw.
«Una mujer es placer ocasional, pero un puro siempre es un puro.»
Groucho Marx.
«Toda el alma resumida
cuando lenta la consumo
entre cada rueda de humo
en otra rueda abolida.»
Stéphane Mallarmé —en versión de Alfonso Reyes—.
«Sé que el cigarro es un vicio que mata lentamente, pero no tengo prisa.»
Voltaire.

«No comprendo cómo se puede vivir sin fumar… Cuando me despierto, me alegra saber que podré fumar durante el día, y al comer tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar. Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento y si por la mañana tuviese que decirme: “Hoy no puedo fumar”, creo que no tendría el valor para levantarme.»
Hans Castorp en La montaña mágica, de Thomas Mann.
«Yo siempre me pongo a dieta y también todas las semanas dejo de fumar.»
Umberto Eco.
«Un cigarrillo es el perfecto ejemplo del placer perfecto. Resulta exquisito y te deja insatisfecho. ¿Qué más se puede pedir?»
Oscar Wilde.
«Fuma, folla y bebe, que la vida es breve.»
Proverbio español.
«El tabaco es un placer en todos los sentidos: de la vista —es bonito ver bajo el papel de plata los cigarrillos blancos, alineados en perfectas filas— del olfato, del tacto… Si me vendaran los ojos y me pusieran entre los labios un cigarrillo encendido, me negaría a fumar. Me gusta sentir el paquete en el bolsillo, abrirlo, palpar la consistencia del cigarrillo, notar el roce del papel en los labios, gustar el sabor del tabaco en la lengua, ver brotar la llama, arrimarla, llenarme de calor.»
Luis Buñuel.
Cuenta mi mamá que cuando mis hermanos y yo éramos bebés, mi papá nos echaba el humor del puro en la cuna «pa´ que se vayan acostumbrando», decía.
A muchos, esto puede parecerles monstruoso, porque hoy en día todos sabemos que el fumar es malo, que quien fuma se está suicidando poco a poco, que el tabaco es signo de que tenemos algo mal: de que somos neuróticos, de que tenemos baja autoestima y de que nos falta voluntad.
Y es que la cultura actual está muy influida por la «psique» estadounidense, que es así, maniqueísta: o ama u odia. Primero el alcohol, luego el tabaco, después la grasa y ahora los carbohidratos. Entonces se imponen tareas, como tomar dos copas de vino al día, porque se enteraron de que los franceses y los españoles se las toman y tienen mucho menos incidencia de males cardiacos que ellos; pero no se dan cuenta de que si los franceses y los españoles son más sanos es porque no se preocupan y se toman el vino si lo apetecen y fuman si les da la gana —no es gratuito que, a pesar de que los gringos conforman 5% de la población del planeta, consuman 45% de los medicamentos en el mundo.
Fumar
Así pasa con el fumar. Monstruoso o no, el hecho de que mi papá fume puro y me haya enseñado a fumarlo es algo que agradezco porque, gracias a él, puedo disfrutar de uno de los más grandes placeres que ha descubierto la humanidad.
Para mí, fumar es un placer —no una tarea ni un signo de neurosis. Para mí, como para Cabrera Infante, fumar no es un vicio, porque «un vicio es fumar un puro tras otro como si fueran cigarrillos». Y es que quien sabe fumar, cuando prende un puro, está convencido de que tiene la calma y el momento para disfrutarlo: en la sobremesa, platicando entre amigos, frente a la computadora. Hay mil maneras de disfrutar un puro y todas ellas te acercan a la calma de la intimidad, porque el puro es eso y mucho más.

Foto: Yohan Cho.
¿Desde cuándo fumamos?
Cuando Colón llegó al Nuevo Mundo vio a algunos indios con sahumerios y se dio cuenta de que eran hojas de la planta de tabaco que quemaban «como un tizón en la mano y yerbas». Se trataba de una planta originaria de Yucatán que los indígenas fumaban desde hacía mucho tiempo.
Los españoles fueron los primeros en fumar tabaco y en sufrir los castigos y prohibiciones. Rodrigo de Jerez, descubridor de las Américas junto con Colón, sucumbió a los placeres del tabaco y de regreso a España, al ser sorprendido echando humo por la boca, fue confundido con un poseso y enviado a prisión por el Santo Oficio. De esta forma, el tabaco cobraría su primera víctima.
No obstante, durante los siguientes siglos de dominio colonial, España monopolizó su comercio, para lo cual prohibió el cultivo de la planta en la Península y le dio a Cuba el privilegio en la producción y envíos de tabaco a todo el Imperio. «No hay nada más importante que el tabaco», se decía en Cuba. En esta isla comenzaron a reconocerse dos centros destacados de la hoja de tabaco por sus excelentes condiciones climáticas: Vuelta Arriba y Vuelta Abajo; ambas siguen siendo las regiones con denominación de origen más importantes.
Moda y placer
Es a comienzos del siglo XIX cuando el tabaco empieza a ponerse de moda, así se convierte en símbolo de bienestar. A partir de ese siglo se comienza a consumir el puro, «la única voluptuosidad» en su forma natural. Así aparecen las primeras marcas famosas, como Montecristo, Fígaro, Punch y Upmann. La aparición y desarrollo del barco de vapor favoreció la multiplicación de los intercambios, las marcas, las fábricas y las plantaciones que las abastecen. El movimiento fue tanto que, a mediados de siglo, este tabaco ya empezaba a ser conocido como habano. El único, el mejor, como dice el legendario amante y conocedor de puros Zino Davidoff: «Para muchos y, sobre todo para mí, el puro no puede ser otro que el habano».
«El puro es un instrumento de felicidad y siempre trae con él relajación y paz mental».
José Martí, el escritor revolucionario, liberó a Cuba en 1895 con la ayuda de miles de fabricantes de puros que se habían exiliado en Estados Unidos. Casi 70 años después, en 1959, Fidel Castro derrotó al dictador Batista y tanto él como el Che Guevara promocionaron el cultivo del tabaco, restaurando antiguas marcas y creando nuevas —Cohiba, por ejemplo—, basando buena parte de la economía cubana en su explotación.
En el siglo XX, el puro ganó popularidad y empezó a ser estandarte y blasón del hombre acomodado. Cuentan que durante la II Guerra Mundial, Winston Churchill, quien tenía una cava personal de habanos en su oficina, después de uno de los bombardeos a Londres, estando en el extranjero, le habló a su secretario particular y, antes de preguntarle cuáles eran los daños que había sufrido la ciudad, preguntó si su cava no había sufrido alguno. John F. Kennedy, por su parte, durante la década de los años 60 promulgó un embargo comercial a Cuba bloqueando todo comercio con la Isla, principalmente los habanos, pero, con información privilegiada, él aseguró su propia reserva: «Necesito muchos puros, como mil, ponte en contacto con todos tus amigos y reúne tantos como sea posible», le ordenaría a su secretario particular en la Oficina Oval.

Foto: Diego F. Carrión.
Durante la última década del siglo pasado, el puro se encontró con una nueva moda en donde las mujeres ya eran protagonistas y ahí encontramos a muchas actrices o modelos disfrutándolo —aunque María Félix y Sara García ya lo habían hecho muchos años antes.
¿Por qué placer?
Epicuro —filósofo griego del siglo IV a.C.— ve el placer como una forma de pasar mejor por esta vida.6 Él creía que la felicidad se logra a través del desprendimiento del dolor, la pena, el temor y las preocupaciones; y el logro de la felicidad exige una combinación de los placeres de tal manera que no perjudiquen el bienestar total del individuo.
Si encendemos nuestro tabaco a escondidas, en un entreacto, subrepticiamente o con culpa por el futuro cáncer de pulmón, si fumamos con semejante carga —cualquiera que sea su origen y su fundamento—, no hay placer alguno. Como diría Joaquín Sabina: «Si lo que quieres es vivir cien años, no pruebes los licores del placer»; pero si por placer entendemos lo que dice el Diccionario de uso del español, es decir, una «sensación producida en los sentidos o en la sensibilidad estética por algo que gusta mucho», el fumar es un placer en toda la extensión de la palabra y aquí podemos citar de nuevo a Davidoff: «Un buen puro contiene la promesa de una experiencia completamente placentera […] está hecho para ser disfrutado con placer a través de todos los sentidos: el olfato, el gusto, el tacto, la vista y, cuando lo tomamos entre los dedos, el discreto ruido que hacen las hojas, es un deleite también para el oído».

Foto: Dickson Kwok.
Fumar es un placer genial, sensual y varias cosas más —como diría el tango—, si tenemos la suficiente lucidez como para querer que lo sea, si estamos en posesión de este placer y ejercemos su disfrute, si lo inscribimos en el contexto de una vida placentera y voluntariamente feliz: fumar, comer, beber y conjugar todos los otros verbos nacidos de la maravillosa multiplicidad de nuestra vida. «Nunca fue una buena receta reducir, excluir o amputar posibilidades; de lo que se trata es de saber conciliarlas». En mi mundo conocido, el fumar es uno de los muchos placeres que existen y saber que lo puedes llevar a cabo da felicidad; como diría Stendhal —quien también fumaba puro—: «Aquellos que han conocido la sensación de felicidad, al menos cuatro o cinco veces en su vida, deberían estar agradecidos».
Saborear un buen puro
Los fumadores expertos hablan de «degustar» el sabor del humo. Una calada, en la que se paladean la complejidad y la lograda combinación de los sabores, es comparable al placer que provoca un sorbo a un gran vino o besar a alguien que nos gusta mucho. En las hojas, en la fermentación, en el humo y en el sabor que va cambiando conforme lo vamos consumiendo hay algo indescriptible, un misterio del que Davidoff habla y del cual dice: «Si el tabaco es un culto perdido, si está rodeado de un misterio que nos elude, es necesario hacer una reverencia ante el misterio mismo».
Entre los fumadores de puro hay personajes tan renombrados como Winston Churchill y Fidel Castro; tan cagados como Groucho Marx y Woody Allen; tan famosos como Humphrey Bogart y Jack Nicholson; tan guapos como María Félix, Pierce Brosnan, Kevin Costner y Rachel Welch; tan talentosos como Gene Hackman y Francis Ford Coppola; tan legendarios como Sartre, Freud y Voltaire.

Foto: Mohd Jon Ramlan.
Anécdotas sobre el puro hay muchas. A Voltaire le dijo una vez uno de sus alumnos: «No fume, maestro, el tabaco es un vicio que mata lentamente», a lo que él contestó: «No tengo prisa». Freud fumaba aproximadamente quince puros diarios y murió de cáncer en la mandíbula a causa de ello. En la película Crimson Tide —Marea roja—, una especie de remake de la famosa Motín a bordo, el capitán Frank Ramsey, brillantemente interpretado por Gene Hackman, le dice al comandante Ron Hunter —Denzel Washington—, mientras fuman un puro en la cubierta:
—¿Le está gustando el puro que le di?
—Está muy bueno, señor.
—¿Es su primero?
— Sí.
—Bueno, pues que no le guste tanto. Son más caros que las drogas.
No me queda más que agregar. Creo que Davidoff lo vuelve a decir mejor que nadie: «El puro siempre trae con él relajación y paz mental […] en el placer que un buen puro brinda hay algo indefinible y el fumador de puro, como el amante perfecto, es un hombre calmado, tranquilo, que tiene confianza en sí mismo; es, sin duda, un hombre que conoce la felicidad».
María del Pilar Montes de Oca Sicilia es epicureísta y tiene complejo de Elektra. Fuma puro desde los 21 años y odia que le pidan uno, lo prendan y no se lo acaben.
El rito de cualquier fumador va más allá de la capa traslúcida del humo al contacto con el aire; significa más que las figuras que esas luchas microscópicas crean –como si se tratara de una premonición o una visión sobrenatural–. Fumar es, sencilla y profundamente, un placer desmesurado que posee nuestros sentidos y emancipa nuestra mente.

El tabaco ha sido evocado en la literatura, la cinematografía, la música y demás pasiones del hombre; por ello no puede quedar fuera de nuestra Colección Vicios. Por ello, Fumar es un placer hará que cualquier amante del cigarro se sienta como en su casa.

Entre citas inspiradoras, anécdotas y muchos datos curiosos, este libro es la lectura perfecta para acompañarla, cómo no, con un buen cigarro.
A continuación presentamos una pequeña muestra del humoso contenido de este libro:
- En México precolombino —los aztecas, los mayas y otros pueblos indígenas— el tabaco se consumía enrollado para fumar o envuelto en hojas de maíz. También se trituraba para meterlo en pipas o bien se molía para inhalarse, masticarse o incluso beberse con agua. Estas costumbres eran de nobles y se le ofrecían a los dioses.
- «El siglo xvi coincidió con la llegada de la Edad de la Ansiedad, que trajo consigo un remedio incomparable y tal vez indispensable: el tabaco.» Richard Klein
- La abstinencia del tabaco puede producir irritabilidad, ansiedad, apetito compulsivo, insomnio, dolor de cabeza, depresión, cansancio y, especialmente, deseos incontrolables de fumar.
- Los primeros fumadores fueron conocidos como «bebedores en seco», debido a que no existía otro modelo parecido que hiciera el mismo sentido, por su capacidad narcótica.
- En 1612, la demanda de tabaco en los ee.uu. hizo que se le llamara «el oro café».
- «Sé que el cigarro es un vicio que mata lentamente, pero no tengo prisa.» Voltaire, pseudónimo de François Marie Arouet, escritor y filósofo francés
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