LAVABO. Aunque los haya muy elegantes y de alta alcurnia, la «pila con grifos que se usa para lavarse» es uno de esos muebles de los que nadie presume. Por ejemplo, una señora gorda y enjoyada puede hacer una reunión para presumir su sala nueva, el impecable parqué—aunque sea de imitación madera— o la mega cocina más moderna —con refrigerador que incluye pantalla de tele y que terminará de pagar en tres años.
Sin embargo, nunca se le ocurriría pavonearse de su lavabo nuevo. Es así: pocos pensamos en ese mueble, quizá por lo humilde de su servicio o porque en muchos casos y casas, sobre todo donde hay niños, cumple una función meramente decorativa.

Sin embargo, esta palabra tiene un origen singular que se remonta al siglo XVIII: durante la misa, el sacerdote se lavaba las manos en un recipiente con agua mientras recitaba una parte del Salmo XXV, versículo VI.
En español ese fragmento dice: «Lavaré en inocencia mis manos y así andaré alrededor de tu altar», pero en latín la primera palabra que el religioso pronunciaba era, justamente, lavabo —yo lavaré—, primera persona singular del futuro de lavare. Con el tiempo, la vasija empleada adquirió ese nombre y después, por extensión, se le dio a los demás recipientes que servían para lavar las manos.
Julia Santibáñez es licenciada y maestra en letras. Desde hace años trabaja como editora de revistas. Le fascinan las curiosidades lingüísticas —y de otro tipo.
Esta palabra de origen náhuatl significa «seis» y se aplicaba a las personas con más de cinco dedos en las manos o en los pies. Es una aféresis de mapilchicuace, que viene de demapilli, «dedo de la mano»; o, posiblemente, de xopilchicuace, derivado de xopilli, «dedo del pie».
Denominada técnicamente polidactilia o hiperdactilia, esta anomalía congénita suele ser hereditaria, aunque también puede estar relacionada con síndromes específicos. Es bilateral, es decir, se da en ambas extremidades, y se presenta por igual en hombres y en mujeres.
Es una mutación que ocurre más entre familias y grupos de personas con antecedentes de consanguinidad y en la mayoría de los casos es normal, por lo que no indica enfermedad alguna. Tampoco se presenta frecuentemente: en México se da en poco más de una persona por cada mil.
Los dedos adicionales, que pueden estar bien formados e incluso ser funcionales, normalmente se mutilan a edades muy tempranas a través de una cirugía.
Este desorden genético debe de haber sido más o menos frecuente en el México antiguo, dado que existía un término específico para designar a las personas que lo padecían. Incluso, en el arte prehispánico de diferentes culturas, como en Palenque, Chiapas, están representadas personas con esta característica, que, al parecer, era un atributo deseable, signo de divinidad y poder, y no una imperfección.

Aunque chicuace es una palabra que actualmente se escucha poco, es agradable saber que una lengua ancestral, como el náhuatl, contaba ya con un término específico para cada concepto.